El pasado viernes, una falla en el servicio de internet que proporciona Telmex dejó sin conexión a una amplia zona del poniente de San Luis Potosí, la cual afectó entre otras la colonia Lomas del Tec y el corredor comercial de Plaza San Luis, una de las áreas con mayor actividad económica de la ciudad.
Justo a las horas en que la ciudad se activa y el fin de semana comienza, terminaba mi jornada de trabajo desde casa cuando escuché a mi hijo decir con una mezcla de incredulidad y desesperación: “no hay internet”, al principio —como buena madre mexicana— repasé en mi cabeza si había hecho el pago a tiempo, luego pensé en ir a preguntarle al vecino, pero antes dije, seguro es el modem, pero bastó mirar un extraño foco rojo encendido para entender que el apagón era mayor.
La caída del servicio de internet de Telmex se extendió durante aproximadamente nueve horas, un silencio digital donde depender de la conexión por datos, queda descartado, porque no es suficiente, es cara y lenta, por 5G que nos la quieran vender.
En un país donde la población pasa en promedio más de siete horas al día conectada, según cifras recientes, la caída repentina del servicio evidenció el nivel de dependencia que existe no solo para actividades de ocio, sino para tareas laborales, escolares y transacciones cotidianas.
Pasadas las horas decidimos ir a Plaza San Luis, una de las zonas comerciales más concurridas de la ciudad. Pero el centro comercial parecía distinto: menos ruido, menos gente, menos prisa. Me acerqué a una tienda de helados de yogurt para comprar una botella de agua. La encargada, con cara de resignación, me dijo que no habían vendido ni la cuarta parte de lo que normalmente se vende un viernes por la tarde. “Sin sistema la gente no compra, no traen efectivo”, me dijo, mirando la terminal de pago inútil sobre el mostrador mientras yo rascaba monedas de mi bolso para completar los 35 pesos que tenía que pagar.
La misma situación se repitió en locales de comida rápida, cafeterías, boutiques y en tiendas departamentales como Liverpool, donde las compras electrónicas representan un porcentaje creciente de las ventas diarias.
Para pasar el rato decidimos ver una película, pero el cine tampoco escapó al colapso. Ante la imposibilidad de usar el sistema, cobrar boletos o asignar asientos, el personal recurrió a soluciones improvisadas.
Cuando decepcionados nos dimos cuenta de que el único método de pago era en efectivo, el amable cajero nos regaló tres cortesías escritas a mano en un pedazo de papel, anotando la función y la sala. En una escena que parecía sacada de los años noventa entramos sin asientos asignados y, sentí algo parecido a una pequeña inseguridad: ¿dónde nos sentamos?, ¿y si alguien reclama el lugar? Parece banal, pero estamos tan acostumbrados al orden digital que cuando desaparece nos quedamos un poco huérfanos.
Con los últimos 100 pesos que llevaba en la cartera —que tenían semanas ahí porque ya casi nunca uso billetes— compramos palomitas.
Aunque la falla del servicio abarcó apenas en una pequeña parte de la ciudad. La zona impactada es uno de los puntos comerciales más activos de San Luis Potosí, lo que amplificó las pérdidas para empresarios y prestadores de servicios.
La desconexión temporal también dejó en evidencia otra realidad: para los jóvenes, cuya vida académica, social y recreativa ocurre mayoritariamente en línea, un corte de esta magnitud representa más que una molestia. Es una interrupción directa a su vida, a su forma de estudiar, comunicarse y pasar el tiempo libre.
El restablecimiento del servicio llegó entrada la noche, devolviendo la normalidad a las operaciones. Pero el apagón me dejó claro cuán vulnerables se han vuelto los entornos urbanos cuando una parte esencial de su infraestructura —el internet— se detiene, aunque sea por unas horas.


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